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[Este medio impreso dedica la sección La Mujer del Campo y la Mar al Día Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres]

Concha Rebollar acaba de cumplir 95 años y escucharla hablar de su vida estremece. Nacida en Lastres fue la hija menor de una familia numerosa. “Yo era la niña mimada”, recuerda. Cuando se casó, con tan solo 20 años y en contra de la voluntad de sus padres, su vida experimentó una metamorfosis radical por los malos tratos que soportaba de su marido.

Se enamoró del hombre “salado, alto, de pelo rizoso” y siete años mayor ella, pero ignoraba que era celoso y lo que eso significaba. Tuvieron cuatro hijos. La primogénita murió a los tres días de nacer y Concha tuvo que trabajar duro para sacar adelante al resto. “Él iba a la mar y yo a la fábrica. Estuve en Mirlo, Forascepi y la de Colón y después de tanto años trabajados no tengo más pensión que la de viudedad. No tenía más remedio porque no teníamos nada, yo ni unes madreñes”, recuerda Concha.

Aficionado al alcohol, su marido llegaba borracho a casa y en la retina de Concha y de sus hijas mayores quedó impreso el recuerdo de “la navaja que clavaba con fuerza en la mesa y que quedaba balanceándose” mientras la amedrentaba con insultos. “Cuando me pegaba, mis hijas se subían a la banqueta para tratar de separarle. A veces iba a casa de mi suegra y venía su padre, le regañaba y apaciguaba un par de días; pero después era peor porque me pegaba más”, rememora. A pesar de las heridas físicas y psíquicas nunca visitó al médico y las curó con lametazos de silencio.

Por enfermedad, él dejó la mar. Al principio le pagaban un quiñón, pero cuando su dolencia se prolongó se quedó años sin ingresos, hasta que llegó una pensión de 300 euros. ”Yo empecé a vender pescado que cambiaba por otros alimentos para que mis hijos comieran”.

La obsesión de su marido llegaba a extremos, cuenta, “de ir a vigilarme al muelle con un cuchillo de partir bonito escondido debajo de la chaqueta porque algún vecino le decía que me habían visto hablar con algún hombre. Tenía que ir mirando para el suelo e intentar no hablar con nadie”.

Por evitar el qué dirán, pero sobre todo por miedo, Concha optó por vivir en silencio su calvario. “Alguna vez pensé en ir a casa de mis padres, pero como me habían echado por casarme con él nunca me decidí. Mi hermano Isidoro había hecho la mili con él y probablemente supiera cómo era y por eso todos eran contrarios a nuestro matrimonio, pero cuando eres joven basta que te prohíban una cosa para que hagas todo lo contrario”, reflexiona.

Concha quedó viuda con 80 años y, confiesa que en ese momento rejuveneció y empezó a vivir. “Hice lo que no había podido hacer hasta entonces: viajé con el Inserso, canté, bailé, hice teatro con el grupo “Las Tres Luces”, hice hasta un cortometraje de cine”.

Hoy, a pesar de su infortunada vida, Concha es una mujer alegre y vital, que espera con ansiedad que la llamen para ingresar en la residencia de mayores de su pueblo, donde tiene solicitada desde hace tiempo una plaza. “Tengo muchas amigas allí y estoy segura de que vamos a estar muy a gusto juntas”.

Para que la historia de Concha no se repita, para desterrar el silencio cómplice de la sociedad, para que las víctimas se sientan cada vez más arropadas y acompañadas ante el miedo que las paraliza, en el oriente de Asturias, el 25 de Noviembre se volvió a desarrollar la marcha solidaria contra la Violencia de Género desde La Isla a Colunga.

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Por 
Flor Pavón

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