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La ría del Eo, una huerta de ostras asturianas

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En la dembocadura del Eo, Eduardo Martín cultiva desde hace más de dos décadas ostras. Cuenta con tres hectáreas en la ensenada de La Linera, en Castropol. Se trata de un cultivo sobreelevado en parrillas, también llamadas mesas ostrícolas, sobre las que se sujetan unos sacos que contienen las ostras desde que se cultiva hasta su recolección. La ostra se siembra con un tamaño de 6 milímetros y se recoge cuando alcanza los 100 gramos, medida que corresponde con la talla comercial.

“Se alimentan de fitoplancton, algas microscópicas que viven en el agua de la ría, cuando sube la marea llega con el alimento, ellas filtran el agua y se quedan con las partículas de microalga”, señala Eduardo Martín, gerente de Acueo.

El parque ostrícola está situado en la zona intermareal, es decir, que las parrillas quedan cubiertas por el agua o totalmente al descubierto dos veces cada día. Las ostras viven sujetas al ritmo de las mareas y de los cuidados de Eduardo, que las vigila cada día para que, como él mismo dice, crezcan a gusto. Eso sí, Eduardo y Manolo (otro de los ostricultores) las miman cada día. “Por un lado, tenemos la alimentación natural de la ría y los cuidados nuestros de que estén bien sueltas, bien distribuidas, de que no se caigan al fango, desdoblarlas, de esas 2.000 ostras por saco tenemos que llegar al final del cultivo a mil ostras por saco, 500, 100, y así hasta 60 por saco, que es la densidad final”, señala Eduardo.

La ostra es un producto muy valorado que ha perdido la condición de alimento de lujo. Eduardo lleva 25 años dedicado a este bivalvo que se caracteriza por su intenso sabor a mar. “Más que valorado, que siempre ha estado, en España cada vez se consumen más ostras y se ha perdido la idea de que son un producto muy caro”, añade este ostricultor, que comercializa 200.000 ostras cada año entre As- turias y el resto de España. Antes la mayor parte de su cultivo viajaba a Francia. Ahora, ya no.

Comer ostras requiere de un pequeño ritual. A simple vista parece fácil, pero no es tan sencillo. Lo primero, se necesita un pequeño cuchillo, a modo de puntilla, para abrirlas. Un poco de fuerza, o más bien maña, es suficiente para disfrutar de este bi- valvo. Se comen vivas, con un poco de limón.

Cava, vino blanco o sidra forman el maridaje per- fecto para disfrutar de este pequeño manjar.

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